Esta imagen la hice el otro día en un supermercado: un expositor repleto de rosquitos, cada uno envuelto individualmente en plástico.
Además del enorme impacto ambiental que supone tantos envases innecesarios, este tipo de productos plantea también preguntas desde el punto de vista de la salud.
Por un lado, se trata de un ultraprocesado con cerca de un 46 % de azúcar, lo que lo convierte en un alimento de consumo poco recomendable. Además, incluye aditivos como los fosfatos, cuya presencia creciente en alimentos procesados preocupa a diversos investigadores por su posible impacto en la salud cuando la exposición es elevada.
Por otro lado, cada envase supone más contacto del alimento con materiales plásticos. Hoy sabemos que muchos compuestos asociados al plástico —como bisfenoles, ftalatos o microplásticos— se detectan en estudios de biomonitorización en la orina de, prácticamente, toda la población. Es decir, todos meamos plástico.
La combinación de ultraprocesados, exceso de azúcar, aditivos y envases plásticos innecesarios ilustra bien algunos de los problemas del modelo alimentario actual.
Frente a este tipo de productos, la recomendación más simple sigue siendo también la más eficaz: priorizar alimentos frescos y poco procesados.


